KANTOLIBRE N° 21

Kantolibre N° 21

Esta semana les comparto un texto publicado en “proceso” del periodista Jenaro Villamil sobre la reforma en telecomunicacines “TELEVISIÓN PARA JODIDOS”

Y EL DE KANTOLIBRE

 Y SI JUÁREZ NO HUBIERA MUERTO…

Y SI JUÁREZ NO HUBIERA MUERTO…

 

Y si Juárez no hubiera muerto… esa era la letra de una canción popular de hace unas décadas y que cada 21 de marzo los y las mexicanas ante una crisis eterna, una clase gobernante corrupta de políticos vende patrias volteamos a ver la imagen de Juárez como buscando una respuesta o mejor dicho una solución a nuestros problemas.

Pero tal parece que todos tenemos un Juárez en la cabeza y que todos lo utilizamos para nuestro beneficio a tal grado que saber quién realmente fue el benemérito hoy resulta muy complicado.

Voy empezar con la gente de abajo que ven a Juárez como el libertador del pueblo, el defensor de la patria ante la potencia extranjera, el hombre más grande que ha dado el país, el que le dio forma a la república y como el modelo de político que deseamos tener en estos tiempos difíciles.

También tenemos a un sector politizado con una formación marxista y también anarquista que ven a Juárez como el padre de la republica burguesa mexicana y no están del todo equivocados ya que como el más grande liberal de México podríamos ver que el tipo de gobierno que hoy tenemos es una evolución del juarismo pero no así la clase política que en eso Juárez no tendría comparación y me atrevo a decir que tampoco culpa.

Voy hacia arriba con un sector de grandes empresarios conservadores ligados a la iglesia católica que ya llegaron a gobernar 12 años este país y si recuerdan una de la primeras decisiones más polémicas de Fox fue la de cambiar la imagen de Juárez de su oficina por la de Madero y que eso representa con más claridad ese resentimiento hacia el indio de Guelatao.

Pero también están los “herederos” del juarismo, los priistas, “herederos” también de la revolución mexicana en fin, “herederos” de toda la historia del país y quienes se llenan la boca con Juárez pero en la realidad no practican sus principios.

Un ejemplo claro es el talibán José Murat que hace varios años ganó el famoso concurso de los 64 mil pesos con el tema de Juárez, a este politiquero le aplicaríamos esa frase célebre del benemérito “malitos aquellos que sus palabras lo alaban pero con sus hechos lo traicionan”.

Lo cierto es que Juárez le toco una época diferente a la actual que actuó con valentía y patriotismo ante el extranjero, que fue un gobernante honesto y que hizo de la austeridad su religión, por cierto, ante la iglesia fue duro en un momento que era todavía más influyente y poderosa que ahora.

Aunque Juárez fue un indio no fue un indigenista su ideología fue la de un mestizo culto y liberal pequeño burgués dirían algunos con una perspectiva de desarrollo muy lejana de su propio origen indio.

Así que para entender y para comprender la historia debemos situarnos en la realidad en nuestro momento más allá de desgarrarnos la vestiduras como hacen los políticos (hoy más ignorantes que nunca) debemos tomar las riendas de nuestro presente y construir una parte de la historia que nos compete con lo que tenemos, y como dijo Juárez con lo que podamos y hasta que podamos.

“TELEVISIÓN PARA JODIDOS”

JENARO VILLAMIL

MÉXICO, D.F. (apro).- “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil.”

Fueron las palabras de Emilio Azcárraga Milmo, El Tigre, pronunciadas hace exactamente dos décadas, el 10 de febrero de 1993. Su discurso fue improvisado. Se celebraba el éxito de la telenovela Los Ricos También Lloran que catapultó a la fama internacional a Verónica Castro. El Tigre andaba feliz y se puso sincero.

“Los ricos, como yo, no somos clientes porque los ricos como yo no compran ni madres”, abundó el dueño del imperio Televisa. Los asistentes rieron. Azcárraga Milmo ya era considerado por la revista Forbes como el hombre más rico de América Latina. Aún Carlos Slim no se convertía en magnate global ni buscaba rivalizar con Televisa en el mercado audiovisual. Mucho menos El Tigre quería ingresar al mercado de las telecomunicaciones.

“Nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dicen de Televisa… Estos pueden hacer muchas cosas que los diviertan, pero la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene otra manera de vivir o de tener acceso a la distracción más que la televisión”, agregó Azcárraga.

Con una claridad típica de su estilo, El Tigre quitaba los velos de la retórica y confesaba lo que todo mundo sabía en este país y nadie se atrevía a decirlo: la televisión comercial es para enajenar (“divertir”) a los jodidos. No pretende más que incorporar a los pobres a la sociedad de consumo. Y tampoco pretende sacarlos de esa condición. Mucho menos instruirlos.

Para Azcárraga Milmo, como para su padre Emilio Azcárraga Vidaurreta, y para su hijo Azcárraga Jean la televisión simplemente es un gran negocio: venderle espectáculo a los pobres y, a cambio, garantizarle al sistema la sumisión de los “jodidos” y el control político vía la información teledirigida.

“Somos soldados del PRI y del presidente”, dijo en otra de sus frases célebres el inigualable Tigre, famoso por sus desplantes, por su ímpetu de patriarca y sus lujos.

Han pasado 20 años de esa declaración. El Tigre falleció en 1997. Su hijo Emilio Azcárraga Jean prometió una apertura. El gobierno de Salinas de Gortari vendió Imevisión para crear una “competencia”, TV Azteca, de Ricardo Salinas Pliego. Y lejos de mejorar los contenidos televisivos, éstos han empeorado.

Ni siquiera las telenovelas han mejorado. Las audiencias extrañan aquellos melodramas de Verónica Castro. Y prefieren ahora las telenovelas colombianas, brasileñas o las de Argos, con un mínimo de coherencia y mejor calidad en su producción.

Si Azcárraga Milmo confesó que su televisión es para “jodidos”, Salinas Pliego ha dado suficientes muestras para llevar este axioma a su máxima expresión. TV Azteca usa y abusa la ignorancia prevaleciente en los televidentes. Ha hecho de la estridencia y el mal gusto un gran mercado. Es la vitrina para enganchar a los “más jodidos” en sus tiendas Elektra, en su banco Azteca, en sus malas réplicas de los productos de Televisa.

Primera lección: la competencia en televisión abierta no es garantía de mejorar contenidos.

Por el contrario, sí prevalece el modelo de una televisión hipercomercializada, orientada sólo al entretenimiento de baja calidad, bajo costo y alta ganancia, el espejismo del rating es sólo una justificación para la vulgaridad.
Una y otra vez, Ricardo Salinas Pliego y Emilio Azcárraga Jean justifican la pésima calidad de la televisión mexicana, argumentando que eso es lo que “la gente quiere ver”.

“Si no están de acuerdo, cambien de canal”, han afirmado. Con esto confirman el menosprecio a los más elementales derechos de las audiencias, es decir, a contenidos dignos, diversos, de entretenimiento, información y publicidad que no hagan trampas con tal de mantener a los televidentes, a los actores y a los productores a expensas de los mercaderes del espectro.

Segunda lección: la dictadura del rating no puede ser el único criterio para medir el éxito o el futuro de una industria. Mucho menos en la era de los cambios digitales y la convergencia.

Han pasado 20 años de aquel discurso de Azcárraga Milmo y los legisladores vuelven a analizar una reforma muy ambiciosa en radiodifusión y telecomunicaciones. El 80% de la iniciativa presentada por el Pacto por México se dedica a regular un mercado de telecomunicaciones, dominado por Telmex-Telcel, y el 20%, a regular el mercado de televisión y radio, dominado por Televisa y TV Azteca.

De los criterios para mejorar los contenidos hay muy poco o casi nada. Se eliminó la obligación de que el Estado “garantizará el derecho a las audiencias” (en el artículo 6 constitucional). Se incluyó la prohibición a la publicidad integrada, pero ningún criterio para matizar la excesiva comercialización en la pantalla.

Es evidente que en la actualidad no se respeta la norma de que sólo el 20% de los contenidos deben ser publicitarios. La realidad es inversa: sólo el 20% de los contenidos no es venta, propaganda o publicidad inducida. La pantalla está plagada de infomerciales, de “productos milagro”, de chabacanerías para bajar de peso, de astrología mala, de gritones que lo mismo pontifican de una crema de afeitar que de un partido de futbol.

Han pasado dos décadas y se cree que con dos o tres cadenas nacionales de televisión este medio entrará a la modernidad, según los criterios de la OCDE y las demandas de muchos especialistas.

Bienvenida esa competencia, pero si van a replicar el mismo modelo de Televisa sólo tendremos una reproducción al infinito de una televisión que ve clientes y no audiencias, que maltrata a sus actores y encumbra a los dóciles.

Imaginemos los noticieros de seis cadenas repitiéndonos al unísono lo que el gobierno federal quiere que se transmita. Imaginemos programas deportivos en los que cada cadena defienda a sus equipos de fútbol. Imaginemos a cada cadena vendiéndonos en todos sus programas sus ofertas de internet, telefonía y video.

Una reforma que sólo privilegie la competencia convertirá a los contenidos convergentes (los de televisión, telefonía e internet) en un gran supermercado. Se podrán eliminar monopolios económicos, pero no monopolios de opinión pública, y menos proponer un modelo distinto al de la “televisión para jodidos”.

En este punto la reforma constitucional que se discute en el Congreso de la Unión no quiere entrarle. Nada que afecte el modelo único de televisión comercial. Nada que ofrezca un modelo de medios públicos (que no gubernamentales). Ni siquiera existe una definición de medios públicos en la iniciativa. Mucho menos la posibilidad de abrir el espectro a propuestas comunitarias, indígenas o universitarias.

¿Es esa la democratización de los medios?

Me temo mucho que no. Si acaso, es la proliferación de muchos bajo el mismo modelo que no incorpora el punto de vista y las necesidades de las audiencias.

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