Del poder como servicio al poder para servirse

Del poder como servicio al poder para servirse

El deterioro de los usos y costumbres en Oaxaca

Leo García

“Es la primera vez que participo en una asamblea para elegir autoridades en mi pueblo y me sentí muy mal porque todos empezaron a pelearse, porque se chiflaban y hablaban todos al mismo tiempo, nadie respetaba la palabra del otro, empezaron a gritar ¡suspensión! ¡suspensión! Y al final, la asamblea terminó sin llegar a ningún acuerdo”. Estas son las palabras de Elvia, una joven oaxaqueña muy preocupada por lo que sucede en su comunidad…

Del poder como servicio al poder para servirse

El deterioro de los usos y costumbres en Oaxaca

Leo García

“Es la primera vez que participo en una asamblea para elegir autoridades en mi pueblo y me sentí muy mal porque todos empezaron a pelearse, porque se chiflaban y hablaban todos al mismo tiempo, nadie respetaba la palabra del otro, empezaron a gritar ¡suspensión! ¡suspensión! Y al final, la asamblea terminó sin llegar a ningún acuerdo”. Estas son las palabras de Elvia, una joven oaxaqueña muy preocupada por lo que sucede en su comunidad: al cumplir 18 años alcanzó la edad en la que puede participar en la elección de las autoridades en su municipio a través del procedimiento comúnmente conocido como usos y costumbres[1], y en su primera asamblea se dio cuenta de que el tejido social en su comunidad está muy desgarrado, las familias se encuentran divididas, se forman grupos que se disputan el poder municipal sin importar pasar por encima del acuerdo colectivo, de la palabra del pueblo (representada en la asamblea).

Lo que nos cuenta Elvia no es una situación aislada, tampoco algo fortuito, cada vez más se repite la historia en un gran número  de municipios oaxaqueños de usos y costumbres (de los partidistas ni hablamos), se convierte en una tendencia la formación de grupos al interior de las comunidades que se pelean por colocar a su gente en los  puestos del Ayuntamiento Municipal, principalmente la Presidencia[2], haciendo de todo: campañas electorales al puro estilo partidista (con despensas, frases trilladas, logotipo, canción y sonrisa fingida) o candidatearse de diversas maneras sea ofreciendo comidas y cenas a su “gente”, pagando la misa del santo, la mayordomía o la fiesta del pueblo, también hay quienes ya traen acuerdo con la autoridad municipal saliente para dejarlos en el puesto o quienes tejen alianzas con los partidos políticos y los hay también de quienes recurren a la violencia directa confrontando a los ciudadanos de la población o atemorizándolos (al no tan viejo estilo caciquil).

Hace apenas unos años no era así. Tomemos un ejemplo concreto y veamos: En el municipio de San Mateo Piñas, en la costa oaxaqueña, según los relatos de nuestros abuelos sabemos que nadie quería llegar a ser presidente municipal, se le decía cargo porque realmente era una carga tanto para uno como la familia, nos dicen. El testimonio de un ciudadano de la comunidad nos muestra claramente lo difícil que era prestar un cargo dentro del Ayuntamiento: los abuelos huían al servicio porque cuando les llegaba un nombramiento ellos se ponían a llorar, dejaban a su familia y se venían para el pueblo con sus tostadas, molido de frijol y su panela, venían a dar un servicio. Este servicio al pueblo era obligatorio, todos tenían que pasar alguna vez, nadie se escapaba, nos cuenta otro abuelo de San Mateo: al que no cumplía o de plano se negaba se le hablaba una primera vez, se le explicaba la razón por la cual era importante servir al pueblo, se le visitaba en su casa y se le explicaba. Si no hacía caso, se le visitaba otra vez, la autoridad saliente junto con los ancianos.

El autogobierno comunitario funcionaba también a través de un aprender gobernando, es decir, no había una preparación profesional para el servicio sino que se iba aprendiendo según se prestaba el cargo; para ello, se empezaba desde los jóvenes, nos dice un abuelo de la comunidad: al cumplir 18 años, la costumbre mandaba que los jóvenes prestaran su primer cargo como topiles[3], este requisito significaba la presentación de los jóvenes como hijos del pueblo.

A pesar de las dificultades que implicaba el cargo, ser electo por la asamblea comunitaria era al mismo tiempo un honor, la asamblea no nombraba a las personas así nada más porque sí sino que tomaba en cuenta su vida en la comunidad, si había prestado servicios anteriormente y cómo lo había hecho y si su conducta era recta y honesta. Don Blas, anciano de la comunidad, nos dice: antes el presidente municipal era una persona de respeto, uno hasta se quitaba el sombrero para saludarlo, ahora qué va a ser, hasta le mientan su madre.

Hace no muchos años, quienes estaban en el autogobierno comunitario habían aprendido desde jóvenes a servir a la comunidad y a su vez ésta había seleccionado para gobernar a quienes se destacaban por su rectitud y honestidad, tal como nos cuentan nuestros abuelos de San Mateo: si el topil desempeñaba bien su cargo entonces para la otra elección el pueblo lo nombraba para suplente de regidor y después para regidor. También podías pasar de topil a suplente del alcalde y de ahí bajabas a regidor, y de ahí a síndico y si el pueblo veía que eras trabajador y honesto ya te daban de presidente. A uno que empezó desde topil, que empezó barriendo, que ya sabe como se trata un asunto a ese no lo van a engañar, por eso le hacíamos así.

Otro aspecto muy importante de mencionar es que las personas que prestaban cargos en el Ayuntamiento no recibían sueldos o pagos por su quehacer, por eso le decían SERVICIO, para distinguirlo del trabajo remunerado. Con sus arrugas como señal de su sabiduría, Don Chico, expresidente municipal de San Mateo, nos cuenta: cuando estuve en la presidencia el servicio era gratuito, me comentaron que si yo pedía al Congreso del Estado me iban a dar, pero yo no tenía interés. Yo anduve a pie, muchas veces caminé hasta la cabecera del distrito [más de 40 km.], íbamos a las rancherías a pie, junto con mis regidores, bajo la lluvia, en la noche, atravesando ríos, hamacas y montañas. En ese tiempo para nosotros era realmente un servicio al pueblo.

Hace apenas 20 años, la imagen que nos ofrecen los abuelos de San Mateo Piñas podía encontrarse, con sus matices, en un gran número de municipios de usos y costumbres oaxaqueños, principalmente en aquellos con una fuerte raíz indígena. Sin embargo, la fotografía que a los jóvenes como Elvia y a mí nos toca ver de nuestras comunidades es muy distinta, reconocemos que existe un grave deterioro de nuestros usos y costumbres. Si antes nadie quería ser presidente ahora hasta se pelean para serlo, sin importar que se fracturen familias enteras, ahora no hace falta empezar desde abajo (como los topiles) sino basta con ostentar un título universitario para justificar que los indios y los campesinos deben dejarles el trabajo a los que sí saben, hoy vemos que los presidentes municipales se asignan salarios de miles de pesos mensuales, compran casas, terrenos y carros del año. Pasamos del poder como servicio al poder para servirse.

En el fondo, el deterioro de nuestros usos y costumbres se traduce en la pérdida de la autonomía de nuestras comunidades. Para luchar por nuestra autonomía y por la recuperación o reinvención de nuestros usos y costumbres es importante conocer primero cuál es la fuente del problema e intentar respondernos ¿de dónde proviene este grave deterioro de nuestros usos y costumbres? ¿Cómo fue que pasamos del poder como servicio al poder para servirse?

Son muchos los factores que influyeron en la transformación de las maneras tradicionales de organización política en nuestras comunidades indígenas oaxaqueñas y sus raíces se remontan incluso a muchos siglos atrás; sin embargo, analicemos un aspecto que atraviesa a todos los municipios oaxaqueños y que en los últimos años ha acelerado el proceso de desaparición de los usos y costumbres: los recursos federales que llegan a los municipios.

Estos recursos federales constituyen una de las causas principales de la transformación del poder como SERVICIO. Son parte de una estrategia sistemática de control por parte de los gobiernos federales y estatales hacia los municipios y funcionan como verdaderos caballos de Troya para socavar la autonomía de nuestros pueblos.

La década de 1980 marca el punto en el que los municipios del país comenzaron a recibir recursos federales directamente, en específico: la publicación de la Ley de Coordinación Fiscal y la reforma de 1983 al artículo 115 elevaron a rango constitucional el derecho de los municipios de recibir participaciones federales. Sin embargo, la distribución efectiva de recursos a los municipios inició durante el sexenio del presidente Carlos Salinas (1988-1994) a través de los Fondos Municipales de Solidaridad (FMS) del Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL), se creó el ramo 26, el cual permitió a los municipios efectuar “obras públicas” a través de programas focalizados.

En 1995, siguiendo la política del “Nuevo Federalismo” del presidente Ernesto Zedillo (1994-2000), los FMS se reestructuraron para dar paso a los Fondos de Desarrollo Social Municipal  administrados por un Consejo de Desarrollo Municipal en cada municipio y se aceleró el flujo de los recursos. En 1998, se destinó el 6.9% del Producto Interno Bruto (PIB) a los estados y municipios a través del denominado ramo 33 y los Convenios de Desarrollo Social, además se creó el ramo 28 para otorgar mayores recursos a los municipios.

En la actualidad, los recursos federales transmitidos a las entidades federativas y que llegan a los municipios provienen de las participaciones federales (ramo 28) y las aportaciones federales (ramo 33) dividas en el Fondo de Aportaciones Federales para la Infraestructura Social Municipal (FAISM-Fondo III) y el Fondo de Aportaciones para Fortalecimiento Municipal (FAFOMUN-Fondo IV), cuyo destino se encuentra etiquetado y sujeto al cumplimiento de objetivos estipulados por la Ley de Coordinación Fiscal. La cantidad de recursos asignada a cada municipio se calcula en base a variables de pobreza, marginación, recaudación de recursos propios y número de habitantes.

Antes de la llegada de los recursos federales, los municipios indígenas oaxaqueños se valían de cooperaciones de los ciudadanos o comuneros, la Guelaguetza y  el tequio[4] para la realización de proyectos comunitarios como la construcción de escuelas, palacios municipales, apertura de caminos, sofocación de incendios, limpia de terrenos comunales, limpia de milpa, pizca de café, etc., Tal como nos cuenta Don Blas atrapando los recuerdos del pasado: el palacio municipal de San Mateo lo construimos con cal y a puro tequio, la carretera la hicimos con pico y pala igual con tequio y por turnos. 

La llegada de los recursos federales a San Mateo Piñas acabó con la prestación de los cargos por servicio dentro del Ayuntamiento. Siendo uno de los municipios con los índices más altos de pobreza del estado, según las cifras oficiales, la repentina llegada de millones de pesos anuales trastornó el ejercicio del autogobierno en la comunidad, la estructura tradicional del gobierno comunitario no contaba con órganos para la gestión y transparencia de los recursos, la asamblea estaba debilitada, la pobreza hacía estragos. En el año de 1998 surgieron los primeros grupos y candidatos, en el 2000 fue destituido un presidente municipal, en el 2003 fue tomado el palacio municipal y en 2007 se tomó de nuevo, para el 2010 fueron 10 los candidatos que contendían por la presidencia municipal. En ese año el municipio recibía 14, 462,218 pesos anuales[5].

Si bien, resulta una imagen muy simplificada de la situación en San Mateo, es evidente que la llegada de estos recursos federales afectó de manera grave, acelerando el proceso de descomposición de los usos y costumbres, lo que ocasionó la polarización de la comunidad y la desaparición de la asamblea. A nivel general observamos una tendencia en este sentido en un gran número de municipios de usos y costumbres, se calcula que las controversias en los municipios de Usos y Costumbres pasaron de representar el 5% en 1995 al 11% del total municipal en 2004.  En 1995 se reportó un total de 132 municipios en los que se presentaron controversias en cuanto a la elección, en 1998 fueron 80 casos de conflicto, en 2001 hubieron 120 controversias, mientras en 2004 se contaron con 52 municipios con anulación de elecciones y en 2010 fueron 50 municipios los que tuvieron anulación de sus comicios y donde las elecciones no fueron validadas por el órgano electoral[6]

En síntesis, la llegada de los recursos federales a los municipios de usos y costumbres:

  • Incrementa la lucha por el poder municipal generando conflictos internos, algunos violentos
  • Diluye la concepción del cargo como servicio y el carácter honorario
  • Genera conflictos entre cabeceras y agencias por la distribución de los recursos
  • Es una medida de control hacia los municipios, al ser la legislatura estatal el interlocutor para la obtención de recursos
  • Corrupción de autoridades municipales
  • PÉRDIDA DE NUESTRA AUTONOMÍA

Al llegar a este punto nos encontramos con otra gran pregunta, quizás la más importante: ¿qué hacer? ¿Cómo revertir esta situación? No tengo una respuesta clara pero sí algunas ideas que pueden ayudar a abrir camino, como cuando caminamos con el machete entre el monte (y queda la invitación para que quienes lean este texto contribuyan con algunas ideas más).

Aprendamos de aquellas comunidades en resistencia que no han perdido sus usos y costumbres, en los que la asamblea es realmente un espacio de toma de decisiones comunitarias a través del consenso y la participación de todxs. Preguntemos cómo le han hecho, qué camino han tomado. Uno de los ejemplos más claros y cercanos que tenemos es el de las comunidades autónomas zapatistas, donde no existe ya una relación directa con el mal gobierno y donde se han podido vencer las políticas sociales paternalistas y asistencialistas. En donde se ejerce el mandar obedeciendo, es decir, donde el pueblo manda y el gobierno obedece. Aprendamos de sus formas de organización que no están muy lejos de las formas oaxaqueñas, compartimos la asamblea, el trabajo colectivo, la ayuda mutua, la reciprocidad, la rebeldía y la resistencia. Veamos cómo le han hecho y cómo le vamos a hacer nosotros, porque no se trata de copiar modelos sino de encontrar cada quien su modo aprendiendo de los modos de los otros. Compartamos con ellos y con muchos más hermanos y hermanas nuestros aprendizajes.

Rompamos la dependencia que nos mantiene atados al mal gobierno, creamos nuestras propias maneras de vida y subsistencia para nuestras comunidades, sólo así podremos dejar de depender de las limosnas del gobierno federal y alcanzar la autonomía plena de nuestras comunidades. Existen ya muchos ejemplos de cooperativas, organizaciones comunales y experiencias de la sociedad civil que sin dejar de ser lo que son obtienen un ingreso digno para sostener sus trabajos y sus vidas.

Preguntemos a los guardianes de la memoria, a nuestros abuelos, como fue nuestra comunidad antes de la llegada de los dineros, cuando la gente servía a su pueblo, a su gente, cuando no importaban los desvelos, cansancios, caminatas y sacrificios sino el beneficio colectivo y la defensa de la vida. Saquemos fuerzas de nuestro modo comunal de vivir, aquel que se sustenta en el colectivo y no en el individuo, el que se manifiesta en nuestras costumbres, en nuestras fiestas, danzas, en nuestra comida y nuestras canciones.

Atrevámonos también a ver de manera crítica nuestra tradición, para cambiar aquellos aspectos que reproducen la dominación y el poder y que no nos permiten caminar, como el caso de la participación de las mujeres en el autogobierno de nuestras comunidades; abramos el corazón para darnos cuenta que hombres y mujeres somos hijos e hijas de la tierra y de maíz estamos hechos, que no tiene por qué estar uno encima del otro, sino que somos compañeros y compañeras y parejo debemos estar. También abramos los brazos a los otros, a quienes no tienen color de la tierra como nosotros pero sí corazón de maíz y luchan desde sus lugares por otro mundo mejor, así como nosotros.

A pesar de los intentos sistemáticos de los malos gobiernos por desaparecer a los indios o civilizarlos y del grave deterioro de nuestros usos y costumbres aún hoy en día miles de comunidades oaxaqueñas conservan sus formas propias de elección de autoridades, ejerciendo así su autonomía y demostrándole a los de arriba que sí es posible vivir sin ellos, que sí podemos autogobernarnos, SIN PARTIDOS POLÍTICOS, desde abajo y con nuestra gente.

 

 


[1] El estado de Oaxaca se integra por 570 municipios, para los cuales existen dos procedimientos legalmente reconocidos para la elección de autoridades; 1) 153 municipios eligen a través de un voto individual mediante boletas y partidos políticos y 2) 417 municipios a través de un voto familiar, personal y colectivo de manera diferente según la “costumbre” de cada comunidad, siendo la más frecuente la realización de asambleas.

[2] Los municipios de usos y costumbres en Oaxaca se integran por un Ayuntamiento Municipal conformado básicamente por topiles (policías municipales), regidores y suplentes, síndico municipal, presidente municipal y en algunos municipios consejo de ancianos, siendo estos dos últimos los cargos más altos del Ayuntamiento. Cabe mencionar que en los municipios indígenas se agregan tantos cargos y puestos como lo marque la tradición, teniendo así municipios con hasta 100 o más cargos dentro de la estructura de gobierno municipal.

[3] Topil, es una palabra indígena que se refiere a un puesto en el sistema de usos y costumbres, su función es la de resguardo y vigilancia, a veces también hacían las veces de mensajeros o iban a hacer mandados (encargos).

[4] La Guelaguetza es la práctica de la reciprocidad, apoyar al otro. El tequio es una práctica común que consiste en un trabajo no remunerado al servicio de la comunidad.

[6] Datos presentados en el Coloquio: Reforma política electoral: oportunidades y riesgos, Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca (IEEPCO), 17 de abril de 2012. Para una visión más amplia del asunto ver: Todd A. Eisenstadt, Conflicts alter elections and governability in contemporary Oaxaca, México, en Jaime Bailón, ¿Una década de reformas indígenas?…, Op. Cit., pp. 87-103.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s